Sucede que en la noche, cuando sólo se oye,
áspero y asustado, el jadeo del mundo
y el golpe amargo y duro del corazón de Dios,
me sobresalta el grito de alguien que padece,
de alguno que parece morir estrangulado en medio de dos puertas,
o morir degollado escuchando la muerte
temporal de las olas a la orilla del mar.
Y sucede que entonces amanezco
dolidamente amargo
y ninguno comprende esa seca amargura sin motivo,
y me ven, extrañados, caminar como a saltos,
sin mirar las paredes, ni los charcos, ni el cielo.
Yo quisiera explicar que me hallo triste porque
alguno murió anoche de pie sobre la patria
o en nombre de la esposa perdida para siempre,
pero sería inútil porque yo no poseo
ningún manchón de sangre,
ni una fotografía que atestigüe que alguno
fue muerto de verdad a orillas de la sombra.
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Y tengo que guardarme el cadáver adentro,
para mí sólo, adentro,
para sufrirlo, adentro,
como si mi alma fuera, en esta parte del mundo,
la única pariente del hombre asesinado.
Imagen: unNickrMe
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