viernes, 10 de abril de 2009

Desvestido



La noche, deseosa, apenumbrada,
te quitó sin pensar las zapatillas...
y –por sentirse blanca y alumbrada-
desnudó blancamente tus rodillas.


Luego –por diversión, sin decir nada-
la noche se llevó tu blusa larga
y te arrancó la falda ensimismada
como una cosa tímida y amarga.



Después te colocaste travesura:
desnudaste tus pechos por ternura
y –hablando de un amor vago, inconexo-


Porque si y porque no, a medio reproche,
desnudaste también, entre la noche,
la noche pequeñita de tu sexo.


Imagen de: Kenro Izu

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